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El regreso    por Romelio Calderón

La tarde está un poco calurosa, lo que es común en esta época de verano, como invitando a la siesta. Sin embargo, nosotros estamos atentos a la llegada del tren del norte.

En el paradero de taxis, los ocho vehículos estacionados entre los bandejones centrales de la avenida Ignacio Silva*, frente al edificio del Banco del Estado, aguardando el momento en que se dirigirán, raudamente, hacia la estación de Ferrocarriles, ubicada precisamente donde nace esa hermosa avenida.

Pronto llegará la pequeña ciudad errante que, durante varios días, transporta desde Iquique hasta La Calera, un contingente de personas tan numeroso como variado.

Aunque las comodidades son mínimas, el viaje se realiza a la velocidad que la vieja y noble máquina a carbón puede imprimir, lo que permite a los pasajeros conocer y disfrutar el paisaje nortino, con toda su aridez de cambiante tonalidad.

Las estaciones ubicadas en su trayecto son a la vez restoranes o pensiones que entregan al cansado y hambriento pasajero todo lo que necesiten para continuar reanimados su largo viaje: olorosas cazuelas de ave, pan amasado, empanadas, humitas en hoja, y también remedios para jaquecas o mareos.

En nuestro pueblo, Illapel, desde temprano se ven desfilar las carretillas con todo el bagaje que hace falta para montar estos pequeños restoranes en el andén, casi sin que falte nada.

Junto a nosotros, sin dejar de jugar y molestándose entre ellos están los diez o doce muchachos que desempeñan el oficio de lustrabotas en este centro de todo tipo que es la Avenida.

A la llegada del tren, estos muchachos se transforman en cancheros, o que hacen canchos, que es llevar bultos, maletas o canastos, ya sea en brazos o en carretillas prestadas, para aquellos pasajeros que no se deciden a arrendar un auto. Aunque a veces, les sale más caro el canchero que el taxi, porque los pobres muchachos tienen que recorrer todo el pueblo para cumplir su cometido.

Nuestra avenida, que otrora tuviera en sus costados hileras de perfumados naranjos, hoy se encuentra sombreada por inoloros y poco graciosos plátanos orientales. En cada uno de los bandejones centrales, dos pequeñas y nacientes palmeras se empinan tímidamente como medio metro sobre rosas, margaritas, helechos y uno que otro matorral, que, haciéndose el distraído, intenta sobrevivir al jardinero municipal que, de vez en cuando, aparece por ahí.

Las casas que la bordean dan cobijo a numerosos negocios de abarrotes: allí está también la farmacia de don Amador Arcaya, la otra farmacia de don Manuel Martínez, la Wesch, restaurante muy prestigiado, la casa dse repuestos Ford, el Banco del Estado, y, adyacente a éste, el consultorio del SNS, edificio que, una vez por semana, se ve visitado por todas las beldades nocturnas del pueblo para cumplir con el correspondiente examen que les permita seguir desempeñando la profesión, llenándolo todo de risas, coloretes y medias.

Escuchamos, de repente, las tres ansiadas campanas que nos anuncian que, en veinte minutos más, estará entrenado en la estación nuestro esperado tren semanal, con su valiosa carga de pasajeros, bultos, maletas, chuzos, martillos, picotas, bototos de seguridad, etc. Todo del norte para sus parientes. Y cómo no venir cargados de regalos si aquí disfrutarán de asados, quesos, gallinas, además de la tranquilidad de nuestros verdes campos.

Vienen con sus señoras y niños y, anhelantes del reencuentro con los parientes, se disputan los viejos cacharros para llegar cuanto antes a sus destinos: La Colonia, Cárcamo, Limáhuida, Choapa, Agua Fría, Matancilla, Tunga, Mincha, en todas partes, el cariño los espera.

-“¡Ahí viene!” –gritan los lustrines, y se lanzan a la carrera; otros toman las carretillas de madera con rueda de fierro que, al saltar igual que un potro picaneado por el pequeño mozalbete, saca bulliciosa canción sobre las uniones del cemento de la calzada.

Hago partir el auto y todos nos vamos a atender nuestros pasajeros, deseando nos resulte una buena carrera que, además de reportarnos dinero, nos permita disfrutar de la aventura del viaje, Me detengo frente a la escalinata de la estación y, de dos en dos, subo los peldaños, siendo absorbido por el bullicio y expectación que reina allí dentro.

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Me demoro tratando de elegir pasajeros con pocos bultos para que el auto viaje liviano, porque no están muy buenos sus neumáticos.

Bajan primero los adultos; en seguida, lo hacen sus familias y entre todos bajan los bultos en medio de un remolino de gente, paquetes, vendedores de cazuelas, mejorales, alivioles, sánguches, té, café, mote con huesillos.

-          Oiga, ¿dónde venden vino?

-          -¡Convídeme agua caliente, por favor, pa’ lavar la guagua!-

-          ¡Hágase a un lado, señora, que tengo que subir!

-          -¡Ése quiere un buen lugar, porque cerca del baño es malazo!.

Estoy observando un hombre joven, de 25 ó 30 años, de aspecto próspero, que está parado con dos grandes maletas, como esperando ayuda; me acerco rápidamente:

-          ¡Taxi, señor?

-          ¡Sí!- contesta.

Mientras le ayudo con una de sus maletas, le indico el camino a seguir para llegar al auto. Me sigue pausadamente, y se ubica en el asiento trasero.

-          ¿Adónde, señor?

-          Quiero ir detrás del hospital, no sé muy bien la dirección. Hace mucho tiempo que yo salí de acá, cuando estaba cabro, pero creo que daremos con la casa.

-          ¡Chitas! Me digo para mis adentros, el ojito que me gasto, le erré medio a medio con el viaje. Trataré de darle el mejor servicio para que me dé algo de propina, pienso.

Trato de ser ameno y le busco conversación porque, inexplicablemente, no es igual a la mayoría de los viajeros, que bajan felices y deseosos de estar pronto en su casa o dónde sea que lleguen de visita. Bueno, él acaba de decir que hace mucho tiempo que no viene.

-          ¿Qué le parece ahora Illapel? – le pregunto, mientras enfilamos la subida.

-          Está bien cambiado, contesta, pero vuelve a su mutismo, y su mirada es nerviosa y anhelante, mientras nos acercamos a lo que puede ser su destino.

-          ¿Será aquí? – pregunto.

-          Por aquí debe ser.-dice. Yo ando buscando una señora viuda que se llama María Cifuentes, y que antes vivía en la Cancha Brava. Creo que ahora tiene una ranchita en esta subida; las hijas se fueron casadas. Yo no tengo noticias frescas, pero un amigo en el norte averiguó, más o menos, por mi encargo, esta dirección.

Mientras dice esto, sus ojos brillan, y traslucen sentimientos encontrados que me hacen perstar mayor atención a mi pasajero.

Detengo el auto y llamo a un niño que está jugando a la orilla del camino de tierra, bordeando por una que otra casita maltrecha que habla de la pobreza del barrio, donde no hay luz eléctrica y el agua es acarreada desde la pileta que se encuentra a un costado del hospital, en la quebrada.

-          ¿Conoces a la señora María Cifuentes? -pregunto.

El niño nos mira en silencio y, después de un momento, mueve su cabeza negativamente.

Miro a mi pasajero que, cabizbajo, dice.

        Probemos más arriba. Aún hay dos o tres casas; el camino hace sufrir mucho el viejo Chevrolet.

En la siguiente casita de madera, con cerco de  tablas, decide repentinamente, preguntar él:

-          ¡Aló! – grita nerviosamente, frente a la pequeña rancha.

En el bien barrido patio, cuelgan algunos trapitos recién lavados y un pequeño quiltro mueve amistosamente la cola.

Doy vuelta en el auto, un poco más arriba, para quedar en posición de retorno, porque algo me hacía esperar que fuera éste el final de nuestro viaje.

-          ¡Voy!– se escucha una tranquila voz de mujer, demostrando talvez, que a su dueña la vida le dado ya la resignación de aquellos que no tienen por qué luchar.

Desde el interior de la casa aparece una magra figura vestida de café; viene secándose las manos en su viejo pero limpio delantal.

El joven se queda mirándola con esa mirada extraña y, con voz ronca, le dice: “Bueno, busco a la señora María Cifuentes”.

-Yo soy, caballero. –contesta, mientras sus manos se han quedado extrañamente quietas en el retorcido delantal, como si sus oídos recordaran algún sonido muy parecido a otro, ya perdido en el tiempo.

Al escuchar esa respuesta bajo, rápidamente, las dos maletas. El joven, sin preguntas, me alarga un billete, haciéndome un gesto para que me retire sin darle vuelto; mientras tanto, la mirada de la señora no se despega del hombre, el que parece empequeñecerse y perder ese aplomo que antes tenía.

El rostro de ella ha cambiado, pasando de la tranquila resignación que antes mostraba, a nerviosos temblores de su boca, mientras parpadea más rápido y aparecen en su mirada llamaradas de esperanzas que nacen y mueren fugazmente.

 

El joven se acerca a ella y, con voz débil, exclama:

-          ¿Se acuerda de mí?

-          ¿Raúl?

-          ¡Mamá!

Al oír esto, esa cara curtida por el sol, el tiempo y los sufrimientos, se desfigura y un ronco gemido brota de su pecho, mientras sus manos descontroladas tratan de subir para alcanzar a quien estaba perdido para siempre.

 

Suavemente suelto el pedal del freno y dejo que el auto se deslice, silencioso, calle abajo, mientras siento en los ojos una picazón que no me deja ver bien.


* Lleva el nombre de Juan Ignacio Silva y Cabanillas, quien fue distinguido regidor decano en el siglo XIX, alguacil mayor, subdelegado y protector de la instrucción pública. (Del Libro becerro, citado por P. Nazer en La Provincia,Año I  N°3, p.16)