Escritores del Choapa

Narradores

Teresa Blanco

Ana Leyton

María Pozo Aguirre

Roberto Morán

Marcial Mendieta

Patricio Nazer

Poetas

Iván Ramírez

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Investigadores

Igor Goicovic

Luis Villarroel

Dra.Carmen Galarce

 

Ana Leyton Gómez

 

Ana Leyton fue una entre millones de chilenos que estudiaron el liceo y la Universidad bajo dictadura. En estas páginas, entre el recuerdo y la ficción, nos ilustra los estados de ánimo de una generación que sólo tenía puños y rabia –y una pizca de organización -, para enfrentar a poderes fácticos transnacionales que tomaron posesión de nuestro territorio en 1973 y arrasaron con todo: con los indiferentes, con los “consecuentes”, con la “loquita buena pa’l pito”, y también con el arribista de medio pelo que creyó que podría agarrar algunas migajas en el festín de los ricos.

 Pasaron desde el trauma y la impotencia a la creación artística, la especulación teórica y los sueños libertarios. Sabían más del Ché y de John Lennon que del chileno Recabarren. Probablemente ignoraban que, a fines de 1851, sus tatarabuelos subversivos del “Ejército de los libres”, que disparaban con balas de plata, habían desafiado el poder central y controlado La Serena y Copiapó por casi dos meses.

 La autora es hoy profesora de estado en castellano. Con “Imágenes”, participó en la producción de “Cuatro autores del Choapa” y recientemente obtuvo mención honrosa en el Concurso Nacional de Poesía “Juegos Florales de Vicuña”.

Como todos los jóvenes idealistas en “pueblo pequeño”, miran su pasado con nostalgia y orgullo, porque se saben herederos del ejemplo libertario, ético y humano de aquellos que se inmolaron en defensa de la soberanía y la dignidad del pueblo, es decir, de todos nosotros.

¡La última obra!

EPIDAGUERROTIPOGRAMAS:

PEQUEÑOS ESCRITOS FOTOGRÁFICOS  

VERSOS UNIVERSITARIOS EN TIEMPOS DE DICTADURA

 

Contamos con la autorización de la autora para publicar su obra en internet de manera exclusiva.

 

Un cuento y dos versiones

La primera, en texto en azul marino, aparece en Relatos militantes, precedida de la siguiente narración. La segunda, en texto azul, aparece en Cuatro autores del Choapa

SU FUERZA PARECÍA ANCESTRAL     

Eran guerreros por excelencia, fuertes, grandes, y lejanos. Parecían enviados desde donde el Inca dejó sus huellas, parecían chasquis o chamanes, artesanos o talladores de piedra. Había uno que recuerdo en especial, juntando las cañas que sonaban con cientos de sonidos ancestrales como llamado al aire, al sol y a la alegría que hacía que mis ojos se iluminaran cuando estaban tristes.

Y como chasquis, mensajeros, descubrieron los caminos, desplazándose los días sábados a mostrar sus cantos en la Recova, y a través de los cantos callejeros, mostraron una actividad cotidiana de artistas de una raza firme que no destiñen con los rayos del sol.

Y los fines de semana, parecían Quijotes de la noche o tal vez Lazarillos de una borrachera permanente de estrellas. No los tallaba ni un cincel, no los aturdían los golpes, no los derrotaba el discurso, eran los resucitados de una raza en extinción, por lo tanto, nada los movía de su punto en el espacio.

Guerreros duros acostumbrados a hablar con el mar y con el valle, antes de que nadie lo hiciera, ellos ya habían descubierto el código de la luna y el sol, ya habían aprendido el lenguaje ancestral del espacio en la tierra.

Sin embargo, emborrachados de noche, descuidaron la vigilia del cometa que pasó y que nunca más podrían ver desde su encantamiento.

LA PROTESTA

“Las palabras son el conjuro mágico capaz de generar el cambio”

 

La conversación cobraba interés en aquellos tiempos, los colores jugaban a encontrar la primavera, el parque invitaba a la plática candente del amor, la política, la cultura y las artes. La transformación del mundo a través de las palabras reinaba en el ambiente, todos dirigían el cambio, todos se sentían gestores de la revolución. Las caminatas nocturnas terminaban al amanecer. La trasnochada era habitual los fines de semana, entre la brisa poética y la discusión política, los rostros jóvenes y energéticos cobraban dimensiones de hermosura frente al sexo opuesto.

Entre todos se distinguía Juan, quien tenía el rostro marcado por la difícil subsistencia de quien nunca tuvo un hogar con una madre cálida esperándolo al atardecer a la vuelta de la escuela. En ese momento tenía la mirada fija en su interlocutora, como un águila a punto de emprender el vuelo tras de su presa, pegaba fuertes golpes en la mesa, mientras defendía la postura Stalinista, como única forma de implantar un sistema justo para el pueblo:

-No ves como tú lo ves, chiquilla ingenua, no sabes lo que es vivir en la miseria. ¡No lo sabes! Si no lo entenderías, esto no es cuestión de moda, de cuentos, de películas, esta es la verdad del que tiene hambre, del que muere luchando por vivir.

-¿Y es mi culpa acaso haber nacido donde nací? No lo es, no se elige donde nacer. Además que todo es más trascendental que como t{u lo ves. Son ideales, es llegar a construir también el espacio donde queremos vivir y que también vivan nuestros hijos, donde no exista más injusticia.

-          Y tú crees que la subsistencia no es algo trascendental. ¡Se nota que nunca has tenido hambre! ¡Entiende! La única forma de llegar es a través de la vía insurreccional y si para eso algunos tenemos que morir, lo haremos; la otra forma, con la que tú sueñas, demora, no sirve, lo que pasa es que la gente como tú tiene miedo. ¡Tienes miedo, eso es lo que pasa!

-          -La educación es la que genera los cambios y no la violencia.

Ahí estaba frente a ella, la atacaba, la culpaba, el origen burgués para él era un gran muro que no podrían atravesar jamás juntos. Pasaron muchos minutos desde que comenzó la discusión, era inútil, la lucha de clases estaba entre ellos, como una gran barrera.

De pronto sintieron que debían irse, al salir del local, se dieron cuenta de que había amanecido, se despidieron en la puerta, presintiendo que la discusión política, había sido el punto irremediable de la separación.

Los dos querían el mismo fin, pero, no de acuerdo con los mismos procedimientos; sin embargo, la forma de ver la realidad los hacía también distintos, en uno la postura extrema de cambiar las cosas, y en ella, la conciencia de defender los derechos humanos de acuerdo a sus principios y valores.

Todo estaba preparado para el día siguiente, el primero dispuesto a todo con el vendaval de su carácter revolucionario contra todo lo establecido, y a pesar de lo que Juan pensaba, ella también dispuesta a todo, pero con clama y basándose en que los cambios y las transformaciones, son lentas y deben hacerse respetando formas.

-          Bueno –dijo Juan- para qué seguir discutiendo, no lo entenderías nunca, tendrías que nacer de nuevo.

-          -La vida no puede ser sólo esto, ¡entiende! La forma también es importante, no sacamos nada con conseguir los cambios  a costa de la violencia.

-          ¿Queda otra alternativa? ¿Crees que las palabras van a enfrentar las armas?

-          -No se trata de eso, hay que crear estrategias, hay que organizar al pueblo y educarlo.

-          -¡Para qué? Para que una vez conseguido ese objetivo vuelvan de nuevo a matarlos a todos ¡Bonito! Lo que pasa es que tienes miedo. Bueno, ¿se reunió el dinero para la compra de materiales?

-          Aquí está.

Tenía un montón de libros de psicología de la educación sobre el velador, pero optó por la ventana abierta, era lo máximo respirar el aire puro de la mañana, para sentirse parte de toda esta inmensa vida, de todo ese paisaje de otoño hermoso frente a la ventana de su cuarto de pensión.

Dejó que transcurrieran los minutos. Se levantó luego, la ducha ligera, el espejo, su cabello peinado hacia atrás, los zapatos de taco bajo, el chaleco ancho, como la falda, ancha también, los lentes sobre su nariz respingada. Cogió los libros y caminó hacia la universidad. Al cabo de un minuto apareció Juan, con su aspecto normal bastante cambiado, preparado para ese día. Lo enfrentó:

-Está todo en el bolso.

-Faltó Pedro, ¿te quedas?

-Ya sabes lo que pienso.

-Está bien, entiendo tu miedo (con sonrisa burlona), supongo que te contactas después de esto.

-No hay problema, todo está listo por si cae alguien.

-Chao, miedosa. Entiende, no se puede de otra forma –y casi infantil dijo -¡a defender la vida con la vida!

-No me entiendes, no puedes.

-Por si acaso, quiero que canten “La Internacional” en mi entierro –rió.

Eran las diez de la mañana cuando sonó la primera bomba lacrimógena con el fin de asustar al estudiantado que se encontraba en el frontis de la biblioteca. Unos pocos corrieron, (pero la mayoría, permaneció indiferente; continuaron los discursos sobre el paro estudiantil, cada vez más enardecidos) pero dotados por algo que mágicamente les había dado la fuerza para no sentir miedo; es seguro que lo único capaz de provocar esa temeridad tan grande, eran las palabras, cargadas de valentía y de razones, de sentimientos, de emociones, que así nutrían la mente y el espíritu, que los hacían sentirse poderosos, que los hacían fuertes y como dije antes, “dotados”.

De pronto, la protesta se hizo valiente. Con los puños en alto, entraron al viejo edificio, sólo aplaudían. Un sonido único y monótono se escuchó en todas partes. Todos miraron hacia los estudiantes que espectadores de la valentía de sus compañeros de universidad, miraban asombrados, algunos se unieron a la manifestación, los otros permanecieron como estatuas sin movimiento, el pánico parecía atornillarlos en el suelo. Los de la protesta caminaron hasta el frontis de la facultad de Ingeniería. Las fuerzas especiales de carabineros los esperaban en actitud de guerra, ellos continuaron cogidos de las manos, apretados, sabían que la cadena humana era lo único que podía salvarlos, ya en ese punto, no había alternativa. Se sentaron todos en la escala amplia y numerosa en peldaños. Fue allí donde se escuchó el grito impertinente del “y va a caer”, expresado por uno de los participantes, y entonces, los pacos corrieron dispuestos a todo, era lo que estaban esperando para desencadenar la cruda golpiza en contra de los estudiantes. Los obreros de la construcción que se encontraban en las ventanas del edificio realizando su trabajo, gritaron muchas veces enardecidos, sin medir las consecuencias, pensando que todo comenzaba y terminaba allí, con los puños en alto: “asesinos”, se escuchó nítido en la valiente mañana del mes de agosto. La cadena humana, al romperse, dio pie a la debilidad de los manifestantes y provocó el estallido de la agresividad de los enardecidos defensores de la dictadura.

De pronto lo vio, lo reconoció a pesar del pasamontaña, sus movimientos hermosos, valientes, agresivos lo destacaban entre los demás. Se quedó agazapada, su corazón latía fuerte luego que una “molotov” estallara cerca de donde ella se encontraba, pensó que mejor correría hasta donde estaba el grupo, allí sola se sentía más desprotegida, se movió en dirección  a los demás, ahí fue donde lo vio, era uno de los estudiantes del primer nivel de su carrera, el pequeño y delgado de la mochila artesanal, estaba sangrando tirado en el suelo, sintió que se quejaba, hizo una pausa, volvió a replegarse esperando el momento para llegar hasta allí, ya no era su objetivo salir de su escondite para llegar al grupo sino para llegar hasta donde estaba el pequeño bulto quejumbroso; el corazón cada vez latía más, pero tenía que llegar, logró salvar el miedo y corrió.

De pronto se vio encandilada por el foco de luz inmenso, sintió que algo la abofeteó, como una fuerza sobrenatural que la llevó a cogerse de algo para no ser expulsada lejos, sintió que no lo había logrado. No supo lo que pasó, sólo advirtió que se encontraba en un espacio extraño, sentía un olor a madera, oloroso, agradable, natural, era como una barraca, un galpón, sus pies no tocaban el suelo, llevaba una túnica blanca, la fuerza de gravedad no funcionaba, un extraño soplo la elevaba y la hacía etérea, luego el salto al vacío para quedar eternamente sintiendo una sensación de libertad...

Quedó tirada en medio de la protesta, mientras todos empuñando sus manos “¡el pueblo, unido, jamás será vencido!” En medio de barricadas y sonidos de bombas...

Gritos y carreras, manos y piernas, latidos fuertes muy fuertes en el pecho. ¡Qué no detengan a nadie! ¿Dentro de la universidad nos protegeremos, que allí no podrán entrar! Por algunos minutos un poco dispersos, al cabo de unas dos horas más o menos y pasado el peligro, nos reunimos de nuevo y comenzamos a ver “quién falta y a quién vio cada uno”, Lamentablemente, dos o tres alumnos detenidos. No podemos dejarlos solos, hay que ver quién nos ayuda... Ya no podemos parar, ha comenzado una lucha activa por la reconstrucción de nuevos sueños...

 

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